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Actualidad: La pastoral reformada y sus desafíos:
Revista El Faro - 2009 - Sep-Oct
Enviado el Domingo, diciembre 06 @ 20:41:01 CST por publicacioneselfaro
 

Apuntes sobre la identidad y las tareas de la comunidad cristiana reformada en el presente contexto histórico.




El tema que nos toca trabajar, aunque parezca novedoso, tiene que ver con una antigua preocupación de los cristianos desde los inicios del movimiento de Jesús. Trátase de las relaciones de la comunidad cristiana con el contexto social amplio en el que tiene de vivir y desarrollar su testimonio. Desde las páginas del Nuevo Testamento y después, a lo largo de los siglos, la comunidad cristiana, poco a poco se fue estructurando institucionalmente y manteniendo diferentes formas de relación con las sociedades en las que irrumpía. En ese largo proceso se constituyó el cristianismo en sus diferentes formas. Desde el grupo marginalizado y proscrito al interior del imperio romano hasta la constitución de la formidable estructura de poder de la Iglesia Romana que dio forma y contenido a la civilización occidental y, por eso mismo, cristiana… De los inicios hasta el siglo iv la situación fue cambiante y, en la mayoría de los casos, de persecución, conflictos y sufrimiento. Con la debacle del imperio y el fortalecimiento institucional de la estructura eclesiástica la iglesia se volvió un gran centro de poder político, económico, social y cultural, plasmando la sociedad europea de la llamada Edad Media. Por 10 siglos, o sea, un milenio, reinó soberana sobre Europa dando origen a la cultura cristiana de la que hoy nosotros somos herederos.


Así, Iglesia y sociedad son términos gemelos. Uno siempre está implicado en el otro. No se puede hablar de uno sin tomar en consideración al otro. Por eso nuestro tema tiene una doble dirección: tenemos que tratar de los desafíos que la sociedad continuamente lanza a la comunidad de los seguidores de Jesús y, al mismo tiempo, preguntarnos si el entendimiento que tenemos de nuestra identidad eclesial y de las tareas que esa identidad implica, en el contexto en el que vivimos, están al tono con el mensaje originario de Jesús.


Somos herederos de la tradición calvinista. O sea, del conjunto de ideas y concepciones teológicas resultantes del ethos protestante nacido del movimiento liderado y organizado, tanto en el plano teórico cuanto en el ámbito de las realizaciones prácticas, por la polivalente personalidad del francés Juan Calvino (1509-1564). Como teólogo, biblista, jurista y pastor, que también se ocupó de temas económicos, políticos y sociales, Calvino, después de su conversión al protestantismo, dio continuidad y consolidó los aspectos decisivos de la tradición protestante recién inaugurada por Martin Lutero en Alemania y seguida por Zwinglio (Zúrich), Bucero (Estrasburgo) y Ecolampadio (Basilea). Así, el protestantismo que se desarrollaría en el continente europeo, más allá de las fronteras germánicas y que penetró en las Islas Británicas, estuvo fuertemente marcado por el genio de este “hombre de Iglesia”.


A continuación pretendemos examinar algunos aspectos de nuestra presente situación histórica para, en ella, detectar los principales desafíos que se plantean para la comunidad cristiana en estos tiempos de globalización perversa y desigual que tenemos que atravesar. Por otro lado, deseamos examinar también la realidad de nuestras comunidades cristianas a la luz de la herencia reformada. ¿Será que todavía somos protestantes? ¿Será que el “espíritu del protestantismo”, como lo ha formulado Paul Tillich, sigue siendo una nota ecclesiae de nuestras instituciones eclesiásticas? ¿Será verdad que nuestra pastoral actual corresponde a las características visualizadas por el reformador de Ginebra y sus compañeros y seguidores?


Los desafíos del contexto actual


Vivimos un momento histórico caracterizado mucho más por falencias de todo tipo que por realizaciones innovadoras y transformadoras de la condición humana en aquello que ella tiene de más creativo y digno. La insolente expansión del neocapitalismo, acrecentando de forma dramática el cuadro de desigualdad social y económica en que se encuentra la población del planeta mantiene y profundiza la miseria y el hambre de más de dos tercios de la población mundial, haciendo cada día más monumental la diferencia entre aquellos que poseen todo y los que nada tienen. Como muestran algunos indicadores económicos el veinte por ciento de la población del planeta es 60 veces más rico que los 20 por ciento más pobres. Más escandalosa, todavía, es la constatación de que ¡solamente unos 400 multimillonarios concentran mayor riqueza que mitad de la población mundial! Los resultados de esta injusta y desequilibrada correlación pueden ser vistos ¡en los cerca de 50 conflictos bélicos que trasforman en infierno la vida de millones de personas por doquier en el planeta! El poderío militar, industrial e financiero de una única nación, con el apoyo de media docena de aliados, bajo el pretexto de conducir las relaciones entre los pueblos en nombre de la justicia, de la democracia y del bien para todos disemina el terror por toda parte manteniendo a fuego y hierro sus intereses, desorganizando las economías, corrompiendo culturas tradicionales e imponiendo formas de conducta y perspectivas para la vida que sólo sirven para comprobar la tesis de Plauto, tan repetida por Hobbes: ¡Homo homini lupus! (“El hombre es el lobo del hombre”).


Esto quiere decir que vivimos, una vez más, un periodo de crisis, angustias y sufrimientos en función de los dolores del presente y de las incertidumbres acerca del futuro. Al mismo tiempo, y como consecuencia de ese marco de horror y terror, nos vamos acomodando a las tragedias de cada día asumiendo el discurso oficial de los centros de poder, incorporándolo acríticamente en nuestra visión de mundo y en nuestro lenguaje cotidiano. Con cierto desembarazo ya hablamos de “economía global” y miramos el mundo como una “aldea global”. Cada día aumenta el número de aquellos que viven en redes, que se relacionan con mayor facilidad con sus amigos y amigas virtuales que con sus parientes y vecinos físicamente próximos. Caminamos en dirección de una cultura transnacionalizada gracias a los milagros de la cibernética, de los medios, del marketing y sobre las bases de una sociedad de consumo altamente sofisticada, sin darnos cuenta del “coloniaje de nuestras almas”, para usar una expresión de Edgar Morin, que se expande por todos los rincones del planeta. Con eso las culturas locales y nacionales se encuentran en crisis, pues tienen que enfrentar el Leviatán mercadológico del mundo occidental en condiciones adversas de gran inferioridad, aunque algunas continúen resistiendo con bravura.


Buscando las razones que han dado origen, en muchos sentidos, a la caótica situación contemporánea que experimentamos, el geógrafo brasileño Milton Santos, en una penetrante descripción de las condiciones de la sociedad actual, llama la atención al hecho de que “en los últimos cinco siglos de desarrollo y expansión del capitalismo, la concurrencia se ha establecido como regla. Ahora, la competitividad ha tomado el lugar de la competición. La concurrencia actual no es más la vieja concurrencia, sobre todo porque llega eliminando la compasión. La competitividad tiene la guerra como norma. Hay que vencer al otro, a cualquier costo, aplastándolo para tomar su lugar […] pues es ésto lo que justifica los individualismos arrebatadores y posesivos: individualismos en el orden económico (la manera como las empresas batallan unas contra las otras); individualismos en el orden político (la manera como los partidos con frecuencia abandonan la idea de política y se vuelven simplemente electoreros); individualismos en el orden del territorio (las ciudades luchando unas contra otras, regiones reivindicando soluciones particularistas); también en el orden social e individual son individualismos arrebatadores y posesivos que terminan por tratar al otro como cosa. Comportamientos que justifican todo tipo de abuso a las personas son, al fin de cuentas, una de las bases de la presente sociabilidad. (Santos: 2001,47)


Quizás, más que en otros periodos de la experiencia humana, por lo menos al interior de la llamada cultura occidental, nunca ha sido tan grande la búsqueda por el sentido de la vida, o sea, la necesidad, hondamente experimentada, de una explicación para la condición de “impermanencia” que nos caracteriza como humanos y que nosotros resistimos en aceptar. Esta situación, que viene de muy lejos en el tiempo, ha sido exacerbada más recientemente en la puesta en marcha de los supuestos valores, generados a partir de la revolución científica y tecnológica del siglo xviii hasta nuestros días, que han conformado nuestra moderna civilización. Sus presupuestos no han conseguido satisfacer las carencias de sentido y de trascendencia de los humanos. Como señala un filósofo:



...la civilización que hemos construido, en la esperanza de que viniera a constituir para todos nosotros un lugar de bienaventuranza, hasta hoy sólo ha conseguido demostrar su imposibilidad. La liberación de los seres humanos, la fraternidad universal, la paz común, la felicidad, cada vez más suelen aparecer como frutos prohibidos al paladar humano. Son bienes de los cuales la humanidad como un todo está infinitamente lejos de poder disfrutar. (Nogueira: 1978, 13)



Así, los seres humanos hoy son seres solitarios, dispersos en el anonimato de los inmensos conglomerados urbanos, desarraigados y solos.


Zwinglio M. Dias

Doctor en Teología por la Universidad de Hamburgo, Alemania.

Profesor y coordinador del Programa de Posgrado

en Ciencias de la Religión de la Universidad Federal de Juiz de Fora, Brasil.

Pastor de la Iglesia Presbiteriana Unida de Brasil.

Editor de la revista electrónica Tempo & Presença.




 

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