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Actualidad: El mundo que conoció a Jesús como predicador |
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| Enviado el Martes, junio 29 @ 21:41:49 CDT por publicacioneselfaro |
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Para empezar, pongamos a Jesús en su lugar. Por lo general, los estudios publicados sobre Jesús y su actividad como predicador se dedicaron sobre todo a hablar de su método homilético, pero sin considerar su contexto vital. Y en los trabajos donde se colocó a Jesús en contexto, tanto el mundo de Jesús como su actuar se escribieron desde la perspectiva de la vida y misión de la iglesia en la modernidad.
Era de esperarse. La intención era ayudar al pastor o predicador contemporáneo describiéndole las dotes comunicativas de Jesús, el tipo de géneros discursivos, sus ejemplos e historias tomadas de la vida real, la forma de capturar la atención de la audiencia. Para ello, Jesús fue vestido como un pastor urbano de la actualidad, parado desde una tarima o podium, detrás de un púlpito y hablándole a un auditorio, sentado frente a él, en una sala en forma de aula universitaria —la arquitectura y diseño de nuestros templos modernos—. Este Jesús contemporáneo vive, como es de suponerse, de acuerdo con la cosmovisión occidentalizada que es la que conocemos y en la que estamos inmersos. Casi todos los estudios sobre Jesús y su actividad o ministerio se enfocaban, hasta bien entrado el siglo xx, en el individuo, la persona. ¡Claro, la nuestra es una sociedad y cultura que ha acentuado el valor del individuo y sus logros! Jesús aparece como héroe individual.1
Si vamos a considerar a Jesús como paradigma de predicación, es necesario evitar todo cortocircuito hermenéutico y colocar a Jesús en su mundo, en la sociedad y cultura del mundo mediterráneo del primer siglo de nuestra era, en su contexto rural y campesino de la Galilea que le conoció en los años que vivió y realizó su misión. Solo así, podremos hacer los ajustes para poder ubicar el paradigma «Jesús predicador» en nuestro aquí y ahora.2
Los escritos del Nuevo Testamento, en su conjunto, suelen reconocer a Jesús como profeta, maestro y Mesías. Desde el punto de vista de su vida como el hijo de María y hombre de Nazaret, los evangelios hablan de él reconociéndolo como tal, en labios de sí mismo, de sus seguidores y de quienes no pertenecían a su grupo o eran sus enemigos. En la época de Jesús, tal como dice Gerd Theissen, «había muchísimos maestros, poquísimos profetas, y el mesías se esperaba casi siempre como una figura única y singular».3 Sin embargo, antes de ver a Jesús como una de estas tres funciones, debemos considerarlo tal como lo debieron haber visto sus contemporáneos, de acuerdo con los estudios sociológicos que nos plantean algunos autores de los citados en la segunda nota a pie de página.
Para los propósitos del presente ensayo y después de haber revisado varios estudios y teorías al respecto, me parece más pertinente hablar de Jesús como «carismático» —en el sentido que le da Max Weber a la palabra en su obra Economía y sociedad, distinguiéndola del dominio tradicional y legal, y no en el sentido que hoy se le da en círculos evangélicos, sinónimo de neo-pentecostal. Max Weber lo define así:
Debe entenderse por «carisma» la cualidad, que pasa por extraordinaria […] de una personalidad, por cuya virtud se la considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobre humanas —o por lo menos específicamente extracotidianas y no asequibles a cualquier otro—, o como enviados del dios, o como ejemplar y en consecuencia, como jefe, caudillo, guía o líder. El modo como habría de valorarse «objetivamente» la cualidad en cuestión, sea desde un punto de vista ético, estético u otro cualquiera, es cosa del todo indiferente en lo que atañe a nuestro concepto, pues lo que importa es cómo se valora «por los dominados» carismáticos, por los «adeptos».
Como tal, Jesús no dependía de ninguna institución ni función previa reconocida por la sociedad o status quo. De allí que cuando se quiere entender a Jesús como maestro, profeta o mesías, todos los esquemas conocidos se rompen y se entra en conflicto con ellos. Visto en relación con otras funciones o instituciones, Jesús rompió con todas las expectativas relacionadas con el hogar, la aldea, la ocupación, las relaciones sociales, económicas y políticas.
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