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Actualidad: El ambiente social y cultural del mundo de Jesús |
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| Enviado el Martes, junio 29 @ 21:43:27 CDT por publicacioneselfaro |
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En la sociedad bajo el Imperio Romano, el parentesco fue la institución social central y omnipresente. No importaba si eras romano, griego o judío, el parentesco era fundamental para la función de cada grupo. Los grupos familiares de la élite controlaron la política, fuera la forma que fuera: monarquía, democracia o teocracia. Esas familias controlaban la economía y las relaciones sociales. En las familias campesinas, el apoyo solidario en tiempos de escasez permitió la supervivencia de los individuos que de otra manera habrían perecido. De hecho la religión y la economía estaban supeditadas a las relaciones de parentesco.
Cerca del 90% de la población vivía en pequeñas aldeas no mayores de 150 habitantes, quienes estaban, por lo general, emparentados entre sí. Es decir, eran pequeños pueblos formados por un clan familiar. Muy pocos, un 10%, vivían en las escasas ciudades y eran, casi siempre, gente de la élite religiosa, militar y política. Esas ciudades eran muy pequeñas, comparadas con las de hoy en día: una ciudad como Jerusalén no superaba los 35 mil habitantes. En ellas vivían, como es de esperarse, quienes controlaban los asuntos políticos, culturales y religiosos. Esa élite, por lo general, la conformaban los grandes terratenientes que día a día les arrebataban a los campesinos las pequeñas parcelas familiares, a través transacciones económicas muy desiguales. Los terratenientes esperaban tiempos de sequía y momentos en que el campesino se veía incapaz de pagar los impuestos del Templo y del Imperio —cerca del 50% de la producción—. En la época del reinado de los Herodes, César Augusto (y las élites que lo apoyaban) era dueño de toda la costa mediterránea, de Samaria y Transjordania y la familia herodiana era dueña de casi toda Judea y Galilea.
La mayor parte del ministerio de Jesús se desarrolló entre los campesinos que vivían en las áreas rurales; casi todos ellos analfabetos y nunca mayores de 40 años. ¡Jesús no fue un predicador urbano!
Los grandes terratenientes, que controlaban la vida diaria de ese 90 % de la población, tenían por lo general dos residencias. Una estaba en el campo; en la tierra que les daba a esta élite el poder y la riqueza. La otra residencia estaba en la ciudad; donde residían los otros terratenientes. Un «ejército» de campesinos y artesanos se requerían para sostener estas élites. A diferencia de las ciudades modernas, las ciudades del Mediterráneo del siglo i eran grandes centros rurales donde vivían rancheros, ganaderos y grandes agricultores. Estos formaban familias de alcurnia que desplegaban todo tipo de riqueza y negocios para competir por los mejores puestos de honor y gloria. La ciudad también les servía de centro desde donde organizaban fuerzas policiales para proteger sus intereses y desarrollar maneras de extorsión y enriquecimiento a expensas de las masas campesinas.
En realidad, la residencia de la ciudad no era la casa, sino el lugar para socializar, hacer transacciones comerciales y políticas. Los terratenientes vivían en el campo, en enormes casas con todo tipo de servicios y lujos y rodeados de esclavos y jornaleros.
Esas élites que manejaban y controlaban la vida campesina y artesanal, estaban sujetas a la gran urbe de Roma. El culto al emperador no es otra cosa más que una expresión de cómo se usó la religión para afirmar la centralidad del poder de Roma y la sacralización de la «omnipotencia» como arma clave en las ciudades y su control sobre las aldeas y poblaciones satélites.
Esa omnipotencia, en una sociedad sin leyes de protección al ciudadano común ni derechos civiles, se convertía en violencia del establishment o vigilantismo. En otras palabras, en el Imperio Romano, como en muchos de nuestros países en el Tercer Mundo, la aplicación del poder tenía como propósito beneficiar a las élites «urbanas» y al poder a quien estos apoyaban y de quien se beneficiaban. Y así, si vamos descendiendo de la pirámide de la sociedad, del poder imperial al poder del patriarca del clan familiar, las relaciones sociales tenían como punto de referencia la dominación.
La función de Jesús como líder carismático
Cuando Jesús apareció en escena, su actividad o ministerio la llevó a cabo entre una población de campesinos, artesanos y jornaleros. Él mismo era carpintero y a diferencia de la mayoría de la clase trabajadora de nuestra época, su casa era a la vez vivienda y lugar de trabajo. Y este dato es de suma importancia. Porque Jesús, para llevar a cabo su misión, lo primero que hace es romper con el hogar, la familia. La ruptura de los lazos familiares significaba para cualquier persona del Oriente medio, la disolución de su identidad social, de su identidad como persona, se convertía para su gente en un «don nadie». Al dejar Nazaret, abandonaba hogar, parientes y lugar de residencia. En otras palabras, perdía todo su prestigio social (honor) entre los suyos —de la misma manera que le sucedió al hijo más joven de la parábola del «Padre y sus dos hijos» (Lc.15:11–32)—, se llenaba de «vergüenza», se volvía un «sin-hogar» (apátrida) y venía a formar parte del tipo más bajo de los grupos familiares que vivían en Galilea: la de los dispersos (los otros tipos eran: las familias «extensas», «múltiples» y «nucleadas»); los sin hogar, los mendigos, los que habían perdido su tierra y no tenían trabajo.4
Eso explica por qué Jesús fue rechazado tan estrepitosamente de Nazaret (Lc.4:22b–30); por qué su familia escandalizada lo buscaba para llevar a casa (Mt.12:46–50) y hasta lo consideraron, fuera de sí, un loco (Mc.3:21); y por qué le respondió a un pretendido seguidor autoconvocado, «Las zorras tienen cuevas y las aves tienen nidos, pero yo, el Hijo del hombre, no tengo un lugar donde descansar» (Mt.8:20 = Lc.9:58, TLA).
Como segregado, sin hogar ni patrimonio, la definición de Jesús como maestro, profeta y mesías tenía que ser tan radicalmente opuesta a la de cualquier otro líder que pudiera considerarse como tal. Sus seguidores principales no podrían ser otros más que los desclasados y marginados de la sociedad. Y el contenido de su mensaje definitivamente tendría que responder principalmente a las necesidades de ese grupo de gente y oponerse a quienes pertenecían a las clases dominantes (incluyendo a los patriarcas de las familias en las pequeñas aldeas).
Todo conocedor del Nuevo Testamento sabe que Jesús no fue el único maestro en Galilea. A él, como a muchos otros, lo llamaban «rabí». Pero de ningún maestro del judaísmo de esa época se le conoció como maestro itinerante. Jesús fue el primero y el único.5 Los otros maestros tenían su autoridad porque la institución educativa judía se la concedía y nadie cuestionaba sus conocimientos. Pero Jesús era maestro por su propio carisma, porque así se lo reconocía la gente (Mc.1:22), el asombro y admiración se debía no tanto al conocimiento como a la sabiduría con que enseñaba a la gente. A diferencia de los otros, Jesús como maestro itinerante no solo fue seguido por varones, sino también por mujeres (Mc.15:40, 41; Lc.8:1–3), y se rodeó de toda clase de gente: cobradores de impuestos, guerrilleros, prostitutas, niños y extranjeros.
Todo conocedor del Nuevo Testamento sabe que Jesús fue considerado profeta como lo fue también Juan el Bautista. Pero su ministerio profético lo enfocó hacia los desdichados, los pobres y marginados (Lc.4:18–19; 6:20–26; 13:28–30; Mt.11:2–6; Mc.10:13–15), y no solo proclamó con palabras, sino lo realizó con milagros, sanaciones y expulsión de espíritus malignos.
Como mesías, y tampoco fue el único denominado así, rompió con todas las expectativas tradicionales; hasta su mismo discípulo, Pedro, que lo reconoció como tal, tenía un concepto equivocado, desde la perspectiva de Jesús, de lo que era ser mesías. Tal fue la concepción tan distinta en el mensaje y conducta de Jesús, que terminó crucificado con vil mesías delincuente. Todo en él fue contradictorio y causante de gran perplejidad: su concepción del reino de Dios, sus doce seguidores que venían a conformar el liderazgo de ese reinado, la designación de quiénes son los miembros privilegiados de ese reino, lo que pensaba del liderazgo religioso de Jerusalén, de su rey y de su actitud ante el imperio romano.
Jesús no dependía de ninguna institución reconocida por la sociedad. De allí que cuando se quiere entender a Jesús como maestro, profeta o mesías, todos los esquemas conocidos se rompen y se entra en conflicto con ellos. Jesús rompió con todas las expectativas relacionadas con el hogar, la aldea, la ocupación, las relaciones sociales, económicas y políticas.
Cerca del 90% de la población vivía en pequeñas aldeas no mayores de 150 habitantes. Eran pequeños pueblos formados por un clan familiar. Muy pocos, un 10%, vivían en las escasas ciudades y eran gente de la élite religiosa, militar y política. Estas ciudades eran muy pequeñas, comparadas con las de hoy en día: una ciudad como Jerusalén no superaba los 35 mil habitantes.
Notas
1. Sobre este tema, véase Halvor Moxnes, Poner a Jesús en su lugar: Una visión radical del grupo familiar y el Reino de Dios (Estella: Editorial Verbo Divino, 2005): 53-56.
2. Para hacer un estudio más profundo de la cultura y sociedad de la época y mundo de Jesús, las siguientes obras, entre otras que hoy existen en español, nos son de gran ayuda: Bruce J. Malina, El mundo del Nuevo Testamento: perspectivas desde la antropología cultural (Estella: Editorial Verbo Divino, 1995); Bruce J. Malina, Social Gospel of Jesús: The Kingdom of God in Mediterranean Perspectiva (Minneapolis: Fortress Press, 2001); Bruce J. Malina y Richard L. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I: Comentario desde las ciencias sociales (Estella: Editorial Verbo Divino, 1996); Moxnes (la obra citada en la nota 1); Gerd Theissen, El movimiento de Jesús: Historia social de una revolución de los valores (Salamanca: Ediciones Sígueme, 2005); John Dominic Crossan, El Jesús histórico: La vida de un campesino judío del Mediterráneo (Buenos Aires: Emecé Editores, 2007); John Dominic Crossan y Jonathan L. Reed, Jesús desenterrado (Barcelona: Crítica, 2003).
3. Theissen: 42.
4 Moxnes: 82-83.
5 Theissen: 43
Edesio Sánchez Ceitna
Originario de Mérida, Yuc., fue ordenado al pastorado por el Presbiterio del Mayab en julio de 1976. Ha cursado Estudios Latinoamericanos en la UNAM y estudios bíblicos y teológicos en el Seminario Bíblico Latinaomericano (San José, CR), Gordon-Conwell Theological Seminary (Massachussetts) y Union Theological Seminary en Richmond, Virginia, donde obtuvo el doctorado en exégesis y teología bíblica. Desde 1985 hasta la fecha trabaja con las Sociedades Bíblicas Unidas como Consultor de traducciones en las Américas. Fue coordinador de la Traducción en Lenguaje Actual y miembro del equipo que preparó la Edición de Estudio de Dios Habla Hoy. Autor de varios comentarios bíblicos y libros sobre Biblia traducción y exégesis, el más reciente es un estudio del libro de los Proverbios.
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