Mucho más que “las Noventa y cinco tesis”
Fecha: Martes, octubre 18 @ 16:35:48 CDT
Tema: Revista El Faro - 2005 - Sep-Oct


Alejandro Moreno Morrison*

Quizá por la costumbre (sutil pero efectivamente impuesta por los luteranos) de marcar como “Día de la Reforma” el día en que Martín Lutero publicó sus “Noventa y cinco tesis”, muchos tienen una idea simplista, minimalista o aún trunca o deformada de lo que fue la Reforma, de lo que deberían ser las Iglesias que se llaman herederas de dicha Reforma, y de lo que es el ideal de semper reformanda.



Reformar la Iglesia occidental fue una aspiración y anhelo de muchos cristianos fieles y verdaderos por lo menos desde el siglo XII. Para 1274 el Segundo Concilio de Lyón reconocía la necesidad de una reforma de la Iglesia, “desde la cabeza hasta todos los miembros”. Ya desde aquellos tiempos, el anhelo de reformar la Iglesia no se refería meramente a la corrección de algunas doctrinas sino que incluía también varios aspectos de la disciplina y práctica de la Iglesia; temas que fueron también interés prioritario de los reformadores del S. XVI, y que (para nuestra vergüenza y perjuicio) muchos de quienes hoy se sienten herederos de dicha Reforma han descuidado o aun desconocen.

Muchos de los precursores de la Reforma y de los reformadores de los siglos XVI y XVII advirtieron e insistieron en que uno de los principales factores que había producido la deformación que estaba sufriendo la Iglesia era su estructura y forma de gobierno. Casi todos ellos (incluyendo a varios que mantuvieron hasta el final la esperanza de lograr una reforma desde el interior de la estructura clerical formal) coincidieron en que el papado y la estructura de gobierno derivada del mismo, era la raíz de los demás problemas que atribulaban a la cristiandad.

Pero esto no significó nunca que los reformadores pensaran que cualquier otra estructura y forma de gobierno de la Iglesia sería mejor que el papado. Muy por el contrario. La manera de proceder de los reformadores y sus escritos demuestran que estaban interesados, no solamente en recobrar la pureza de la doctrina y práctica de la Iglesia, sino también en recobrar el orden y la disciplina bíblicos para la Iglesia; y, no menos importante, estaban interesados en que dicha reforma se hiciese de manera ordenada. Es del todo erróneo pensar en los reformadores como rebeldes. Lo contrario es lo cierto. Eran los reformadores los que denunciaban que las cúpulas clericales estaban rebelándose contra el orden y la disciplina de la Iglesia. Los reformadores buscaron y agotaron todos los canales formales e institucionales para lograr la reforma de la Iglesia visible, pero el sistema papal fue implacable y acabó con toda esperanza de una reforma desde el interior y sin ruptura.

Lo que caracterizó entonces a los verdaderos reformadores (en contraste con los anarquistas anabautistas) fue su visión integral de la Iglesia y de la Reforma que la misma necesitaba. De manera que los reformadores no se limitaron meramente a rescatar dos o tres doctrinas empolvadas a lo largo del medioevo, sino que se abocaron a reconstruir la Ciudad de Dios, la “Nueva Jerusalén”, la Iglesia de Cristo, recobrando no solamente la sana doctrina sino también la sana práctica, incluyendo el orden y la disciplina de la Iglesia.

Trágicamente mucho de lo que hoy apela a la Reforma como su modelo o antecedente adolece de muchos de los vicios que los reformadores denunciaron y contra los que lucharon: ministros ignorantes y sin vocación, intereses monetarios malsanos de misioneros extranjeros (y sus cómplices nacionales), “ministerios” para-eclesiásticos con intereses políticos y monetarios, “predicadores” independientes, pseudo-profetas, pseudo-apóstoles y toda suerte de “líderes” con delirios megalómanos (a la usanza de los peores papas de la historia), toda clase de herejías y blasfemias predicadas impunemente desde púlpitos llamados “evangélicos”, y una feligresía tibia y apática que tolera impasible toda esta deformación que ha sufrido nuevamente la Iglesia. Todo esto nos pinta un cuadro muy similar al que caracterizaba a la Iglesia a finales del medioevo y principios del renacimiento. ¿Cuánto más tardará en venir una nueva reforma de la Iglesia en México?







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